EL ESPÍRITU DE PINEDA

El espiritu pinediense, el cual nos hacía diferentes y, que tantos pueblos de la comarca envidiaban, por ser un pueblo, trabajador, voluntarioso, humilde y, todo aquello está prácticamente fulminado.
Antes entre los vecinos del pueblo, no había personajes ilustres, ni famosos, ni de especial relevancia, pero cada una de sus gentes, era un tesoro oculto; gente cordial, hospitalaria, colaborativa, cercana y con un elevado grado de compromiso con la comunidad.

Todo es diferente.

Como ha cambiado, los vecinos ya no adecentan el entorno a su vivienda, ahora el ayuntamiento tiene que pagar a una persona para que realice ese trabajo.
Tampoco se realizan obras a prestación personal, se contrata a una empresa para que realice el trabajo.
Ni siquiera ya, existe la colaboración desinteresada entre vecinos; ya queda poca gente que por amor al arte, arrime el hombro por otros residentes y menos por el pueblo.
Que momentos aquellos cuando la mayoría estaba dispuesta contribuir como, cuando se puso el agua corriente en las casas o se cementaron las calles, se levantó el frontón y otras grandes obras. Sin dejar a un lado la cooperación en los primeros años del pinediense ausente que era muy abultada o, cuando se puso en marcha Telepineda, las escuelas de abajo eran un hervidero de gente colaborando para su montaje (había más personal que espacio).

Adoración al pueblo

En nuestro pueblo no hay grandes entretenimientos, pero disfrutamos cuando conversamos con un conciudadano, vamos a buscar setas, o incluso dar un paseo a pie o en bicicleta por el campo; se puede convertir en una intensa aventura que nos hará disfrutar a lo grande.
Aunque, la adoración no solo se hace con la palabra, no sirve con que solo se nos llene la boca de halagos, también hay que demostrarlo con hechos, cada uno dentro de sus posibilidades para que las cosas mejoren en el pueblo.

Solo nos queda el olor a pueblo.

Lo que si persiste en el tiempo es el olor a tierra mojada tras las lluvias, a hierba, a campo, al humo de las chimeneas al quemar leña de enebro, a cereal recién segado y, todo lo que te puedas imaginar; Pineda nunca tiene que dejar de oler a pueblo.

Este es mi pueblo.

No es el más grande. Ni el más bello. Ni el más divertido. Ni el más rico. Pero es mi pueblo.
Tenemos que venerar a nuestro pueblo, e intentar que nunca se pierda la esencia que nos caracterizaba. A ver si entre todos los pinedienses podemos retomar “El espíritu de Pineda”, trabajando para conseguir un pueblo con futuro, siempre con la mirada en el pasado.

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