Nuestro cura, para siempre

Veintinueve años en la vida de una persona son muchos años. Es tiempo suficiente para ver crecer y madurar a muchos niños y para acompañar los últimos momentos de multitud de ancianos.

Veintinueve años es la cifra que une a D. Félix Martínez González, sacerdote, con nuestro pueblo de Pineda Trasmonte. Desde el año 1967 hasta el 1996 estuvo junto a nosotros viviendo como un pinediense más. El hijo del lejano pueblo de Villaescobedo (noroeste de Burgos), destacó en sus primeros años por su cercanía a la juventud: equipos de fútbol, actividades del famoso Teleclub (del que fue tesorero un tiempo), trabajo en la escuela y catequesis. Después por ser un cura de todos, sin distinción. Entre nosotros fue forjando su carácter y forma de ser: serio, bondadoso, cercano y servicial. Junto a nuestro pueblo también fue sacerdote de Cilleruelo de Arriba. Más tarde se le unió Venta Guímara (tras la muerte de D. Prisci) y en los últimos años el número creció con Pinilla Trasmonte (esta vez con la muerte de D. Eloy). Para nosotros siempre fue y será D. Félix: en la escuela, en la panadería, en el campo de fútbol, en la iglesia, jugando al subastao o al mus. D. Félix tenía su autoridad, reconocida por propios y ajenos; su presencia infundía respeto, sin llegar a imponer.

Junto a él, conocimos a su madre la sra. Eugenia. Siempre con su fácil sonrisa, que se agrandaba con la hipermetropía de sus gafas. Vivían juntos y siempre fueron ejemplo de respeto y de apoyo, de aprecio y dedicación a nuestro pueblo. Ambos entregaron sus vidas y descansan en nuestro pueblo. Gracias a ellos conocimos a otro miembro de la familia: “la sobrina” Mari Justi. En los veranos, también a día de hoy, fue y es una fiel adicta a la familia de Pineda en sus reuniones del Pinediense Ausente.ar.

De D. Félix no se pueden decir cosas o logros extraordinarios, tan vez porque había hecho de la sencillez de la vida de un pueblo, la clave de su vida de cura. Fue un sacerdote que siempre estaba disponible; rara vez no estaba en el pueblo o se le escapaba un acontecimiento importante. Debemos destacar su preocupación por la conservación del patrimonio de la iglesia y su veneración por la Virgen de la Peña. Esta última requiere capítulo aparte. Realmente era un amante de la Virgen de la Peña. Se le notaba en las misas de mayo o, como él decía: “desde la Virgen de la Peña a San Miguel”. Le entusiasmaba este pequeño santuario a los pies de las eras de Santa María, probablemente denominadas así por influyo de la ermita. Tal era su ilusión por mantener la romería del 21 de mayo, aunque siempre se cambiaba y se cambia al fin de semana más próximo, que a medida que pasaran los años se aventuró con su restauración. Primero fue la imagen gótica tan deteriorada y maltratada por los siglos. Y, después, con la aportación de decenas de manos voluntarias, la ampliación y restauración de todo el edificio. Al final, un infarto de miocardio, hizo que su deseo lo viera cumplido desde el hospital y en el mismo año de su partida de nuestro pueblo. Tuvo que esperar hasta el homenaje del dos de noviembre del noventa y seis para inaugurar la remozada obra de sus sueños.

 

La muerte le sorprendió poco después de esta fecha, tal vez para ratificar que D. Félix y sus pueblos del alma se fundían en un amor inseparable para ambos. D. Santiago, el obispo de entonces tan querido por D. Félix, había decidido darle un merecido descanso a sus casi cincuenta años de cura. En la parroquia de San Cosme y San Damián y en la Residencia Sacerdotal de Burgos ya se había hecho un hueco de cariño y de respeto. Todos le recordamos y le honramos, muchos fueron los que pasamos, de una manera u otra por sus manos; todos por su pensamiento y oración. A día de hoy, seis años después de su muerte (agosto de 1997), seguimos pidiéndole desde la tierra: “que cuantas veces le ore a Dios, tenga en memoria a los hombres y mujeres de estos pueblos que dejó en la tierra”.

Carlos Izquierdo Yusta